El pueblo tiene la palabra
es un importante artículo de Xabier Arzalluz publicado en Deia el día 31 de octubre de 1999.
Nadie sabía cómo se iba a plasmar el «sin perjuicio». La Ley disponía que el Gobierno, oídas las Diputaciones, dispondrá lo conveniente al respecto. Pero no había más voluntad que la de igualar a ‘las provincias exentas’ con las ‘constitucionales’.
En la correspondencia, interesantísima por cierto, entre el Diputado General de Alava y su primo Fausto de Otazu, escribía este último desde Madrid el 16-1-1841: «ya no se trata de otra cosa sino de destruir completamente nuestros fueros, faltando a la palabra empeñada en Vergara...», «y sé que lo que más sienten, lo que más les duele, lo que les llega al alma es que nuestra oposición sea legal y sin estrépito, pero tenaz y firme, sin reconocer ningún acto violento...» «...sería la mayor calamidad el que se mostrase una sombra de oposición armada, porque precisamente eso es lo que en el momento se desea, para acabar mandando tropas y acabar tratándonos como a conquistados».
Y el 18-1-1841, el mismo Otazu escribía a su interlocutor; «...se me olvidaba decirle que una de las especies que aquí les hace mucha huella y causa impresión es la que si el gobierno hostiliza a los Vascongados hasta el punto de no respetar lo pactado, no sería extraño que éstos se decidieran a separarse de la comunión española y tratar de buscar en otra parte la conservación de sus instituciones».
Ambos personajes eran fueristas liberales, porque los fueristas que se habían alzado en armas en el bando carlista o estaban exilados o no acudían al Parlamento de Madrid por considerarlo ajeno a sus instituciones.
Vino Cánovas y la última guerra carlista. A su final, y «siguiendo el clamor dentro y fuera del país expresado, de culminar la grande obra de la unidad nacional» (cito de memoria), con el «ejército de ocupación» disolviendo nuestras instituciones, la Ley de 26 de julio de 1876 liquidó nuestro sistema político.
Otazu fue profeta. Liquidaron los Fueros. Y saltó Sabino Arana proclamando una Euzkadi independiente. Antes de 20 años se fundaba el EAJ-PNV, que conjugaba el "Dios y Fueros" con el principio de las nacionalidades: Si España, proclamándose Nación, a la francesa, liquida la identidad política vasca, Arana proclama al pueblo vasco Nación y reclama su estatalidad, su soberanía y su independencia.
En 1931 nació la segunda República. Los nacionalistas eran ya fuertes. Aguirre y los alcaldes recaban de Euzko Ikaskuntza un proyecto de Estatuto de autonomía para los cuatro territorios. Se reúnen en Estella en una magna asamblea. El gobierno de Madrid impide su legalización, separa a Nabarra de los otros tres (ahí está el trabajo de Jimeno Jurío demostrando la trampa), e impone unos topes y un procedimiento para su aprobación.
Eso era en 1931. El Estatuto vasco, recortado, disminuido, es aprobado en plena guerra. Franco se rebeló el 18-7-1936. El Estatuto se aprobó en Gernika, a partir de los votos de los concejales, en octubre del mismo año, cuando los sublevados dominaban Nabarra y casi toda Gipuzkoa y Araba.
Franco, pues, terminó con la autonomía, con los Partidos y los Sindicatos. Creyó que había acabado con el nacionalismo vasco.
Y surgió Euzkadi ta Askatasuna, la lucha armada, la que a toda costa quería evitar Otazu en 1841 y el PNV en 1959. Fue la proclamación, cruel, de la fuerza contra la fuerza. Fue la respuesta a Cánovas, cuando dijo a los navarros aquello de: «cuando la fuerza causa estado, la fuerza es el derecho».
Y llegó la transición. Si tras Primo de Rivera el nacionalismo salió potente, después de Franco éramos la mayoría absoluta.
La Constitución tuvo de bueno el que dejábamos atrás una dictadura tórrida, opresiva y ramplona, pasando a un sistema de democracia, aunque tutelada. Además reconocía que los vascos teníamos derechos políticos anteriores a la Constitución, aunque no podíamos hacerlos realidad fuera del marco que nos imponía. Por eso, entre otras cosas, no lo aceptamos.
Dijimos a los cuatro vientos que no íbamos a Madrid a traer la independencia, sino una autonomía que fuera, al menos, no menor que la alcanzada por la generación anterior.
También esta vez desgajaron a Nabarra. Lo hicieron en Madrid y no en Pamplona. Tuvo parte el Ejército; 200 kms. de frontera; complemento agrícola; dimensión territorial adecuada como para formar un Estado... Estos fueron los argumentos.
Tuvo de valor, además de contenidos aceptables de poder, la adicional: «La aceptación del presente Estatuto no supone renuncia a ningún derecho que el pueblo vasco pueda tener...». Y también el concepto de nacionalidad y la introducción de Nabarra en la nacionalidad vasca.
El Estatuto fue importante y necesario. El país, el nuestro, el vasco, estaba hecho unos zorros; sin autoridad, entrando en plena crisis económica, lengua y cultura bajo mínimos, y hasta un urbanismo caótico y una tierra ecológicamente destrozada.
El Estatuto fue nuestro. Con ahogos, pero nuestro. Si no hubiera sido por los nacionalistas no hubiera existido.
Tuvo a muchos en contra. A ETA y su entorno por un lado. Y a toda la derechona por el otro.
D. José M.ª Gil Robles, político de renombre y Catedrático de Derecho Político, y «sincero autonomista de toda la vida» en confesión propia, escribía en "ABC", al día siguiente de su aprobación una página terrible. Manifestaba su oposición al tratamiento del tema lingüístico, penitenciario, policial, etc., pero cargaba, sobre todo, contra sus principios inspiradores: «conjugados el art. 1.º del Estatuto con la Disposición Adicional, queda configurado el ente autonómico como una nacionalidad que, a través de la autonomía, accede, de momento, a su autogobierno, hasta que al País Vasco le convenga actualizar sus derechos históricos en la medida en que lo crea oportuno. Es decir, realidad de autogobierno hoy, como camino a una posible independencia mañana. Las cosas, por desgracia, son así y no vale la pena engañarse». «Nunca debió admitirse continuaba el principio de dos partes iguales que negocian. El Estado no negocia de igual a igual con una región».
«En el caso actual, hay que decirlo con sinceridad, aunque resulte doloroso, el Estado ha negociado en posición de inferioridad, bajo la amenaza terrorista». «Tengo la plena seguridad de que el Sr. Suárez ha asumido la responsabilidad de dotar al País Vasco de un Estatuto potencialmente separatista. La opinión pública, indiferente, no le ha ofrecido un sólo punto de apoyo para resistir. Otros estamentos, (el Ejército) no han querido y pienso que con razón abrir el camino de las soluciones desesperadas».
Muchos pensaban así. Martín Villa decía estar feliz de no tener «manchadas las manos» con el Estatuto Vasco. El Sr. Fraga, con su entonces AP, hoy PP, votó en contra. HB se abstuvo.
Si en el 37 vino un Paco con su Ejército, el 80 vino otro Paco con la rebaja: Tejero, el pacto del capó y la LOAPA, Leyes Orgánicas, Decretos, Leyes, Decretos, un ministro, como Ledesma que saca adelante la Ley Orgánica del Poder Judicial ciscándose en el Estatuto y forjando, por sí y ante sí, que al Estatuto hay que reconducirlo porque se ha saltado la Constitución. Y todo el paquete social sin tocar (INEM, Seguridad Social y la capacidad normativa socio-laboral). El Concierto vapuleado con constantes recursos de carácter suspensivo...
En doce años de Gobierno socialista y en 4 del PP, hemos recorrido un calvario penoso y vergonzante de peajes, rebajas y renegociaciones, que en buena parte hemos tenido que soportar por la situación de violencia que hemos padecido y el pie forzado de las repetidas coaliciones de gobierno, desde nuestra escisión.
Han pasado 20 años. Nuestra sociedad ha cambiado, Europa se nos viene encima, la paz puede estar al alcance de la mano.
Pensar que aquel marco jurídico, lleno de incumplimientos es hoy válido no es realista. No lo sería ni aunque se hubiera aplicado el Estatuto a rajatabla.
Hoy, como en 1841, hay quienes manejan los "sin perjuicio", quienes se empeñan en igualar a las "provincias exentas" con las "constitucionales", quienes desean que siga ETA, aunque sea una «sombra de oposición armada». Pero lo que más indica lo peculiar de la situación es que los Rabanera, los Villar, los Jáuregui o los Buesa, sean precisamente los que jalean y encabezan la celebración del aniversario del Estatuto.
Antiguamente los enemigos del Estatuto decían: fueros sí, Estatuto no. Hoy, sus sucesores gritan Estatuto si, autodeterminación no.
El 17 de diciembre de 1995 los nacionalistas celebramos una concentración y lanzamos un manifiesto, en el que hablando de incumplimientos y de burlas decíamos: «... la paciencia tiene también un límite, y de persistir en esas actitudes nos veremos obligados a cambiar nuestra acción política». «Ratificamos una vez más nuestra concepción nacionalista. Para nosotros el Estatuto es una recuperación parcial de soberanía, pero también una base de acuerdo para acatar las reglas de juego y plantear cualquier reivindicación por vías democráticas con renuncia a todo tipo de violencia. Porque otros derechos, comenzando por el hoy universalmente admitido, y válido también para los pueblos europeos, el derecho de autodeterminación, tienen cabida en nuestro marco».
«Nuestro pueblo es sujeto de voluntad y dueño, por tanto, de sus destinos. El pueblo tiene la palabra y a ella debemos atenernos todos».
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